Work Text:
—Sigo sin comprender del todo por qué debo casarme con él, Hokage-Sama —murmuró, con los ojos oscuros clavados en el horizonte, esperando el traqueteo sordo del norimono, en donde vendrá su elegante y hueco prometido.
El linaje de su prometido era una paradoja tejida en secreto: un huérfano arrancado de los escombros aquella fatídica noche del Kyūbi, criado bajo el lujo distante del señor feudal y transformado en su heredero adoptivo. Él era un omega refinado, de esos que jamás habían manchado sus manos con barro ni conocido el sabor metálico de la sangre propia; una obra de arte esculpida en salones pulidos, tan ajena al fragor de la aldea como la luna lo es de los abismos que alumbra.
Un inútil que solo sería un estorbo para Kakashi.
La brisa nocturna arrastró el eco lejano de unas campanas, recordándole que el deber rara vez pregunta por el deseo, y que las jaulas más exquisitas suelen venir envueltas en la promesa de un imperio.
El incienso consumía su propia paciencia con una lentitud que a Kakashi le resultaba ofensiva. Prefería su propio aroma, el de canela, algo suave, un aroma que al parecer tendrá que compartir con un omega que ha sido sobreprotegido entre cuatro paredes y seguramente ni siquiera sabe que es una kunai.
Aburrido.
A su alrededor, el gran salón del Castillo del Señor Feudal se alzaba como un templo al exceso protocolario: columnas de madera pulida que devolvían el destello de cientos de velas y biombos dorados donde grullas y pinos fingían una eternidad estática. Los nobles se apiñaban en bancos de roble, un oleaje de sedas que susurraba con cada respiro, mientras un conjunto de músicos tañía instrumentos ancestrales afinados —según juraría el propio cansancio de Kakashi— exclusivamente para disolver las pocas neuronas que le quedaban lúcidas.
Se ajustó el cuello del haori blanco. Demasiado rígido. Demasiado ceremonial. Demasiado todo. Los dedos le hormigueaban con la imperiosa necesidad de buscar entre las rendijas de su ropa el lomo naranja de su lectura prohibida, de escapar aunque fuera un segundo hacia la ficción. Pero el ritual era un tirano con uniforme de gala, y exigía que el ninja más temido del mundo shinobi pusiera cara de florero paciente.
Desde el estrado principal, Tsunade observaba el panorama con un hastío olímpico. Su kimono verde, marcado con el kanji del coraje en la espalda, apestaba a ganas de estar en cualquier taberna apostando a los dados. Sostenía una copa de sake entre los dedos con la familiaridad de quien ya iba por la tercera ronda de la noche, y su mirada cruzó la sala para clavarse en él como un recordatorio mudo: no la cagues.
Esa orden silenciosa pesaba más que las placas de su armadura.
Todavía recordaba el despacho de la Hokage, el mapa de alianzas desplegado como un acta de defunción para su soltería, y el trago de sake con el que Tsunade había intentado endulzarle la píldora.
—El Señor Feudal quiere un lazo de sangre con la aldea —masculló ella entonces, odiando cada sílaba—. No importa que sea adoptivo; su hijo es su heredero, y el heredero es un omega. Un omega de alta alcurnia que necesita un alfa. Un alfa de renombre, con colmillo y poder, que asegure la descendencia ligada a la Voluntad de Fuego.
—¿Y por qué yo? —había protestado él, aferrándose al milagro estadístico de que hubiera un error tipográfico en el pergamino.
—Porque eres el shinobi más fuerte de la aldea que sigue soltero —zanjó ella con desdén—. Y porque el Señor Feudal lo exigió con nombre y apellido. Dice que admira tu... trayectoria.
—Mi palmarés de homicidios selectivos. Qué detalle tan romántico.
—Cierra la boca y firma. Es una orden, Kakashi, no una sugerencia de los martes.
—¿Y si declino la invitación?
Tsunade había sonreído con esa dulzura felina que precedía a los desastres naturales.
—Entonces el patriarca asumirá que Konoha desdeña su alianza. Y sin su chequera, querido, los cimientos que destruyó Pain se van a quedar en escombros para siempre. Así que te casas, Hatake, o me tomas el relevo y le explicas a los ancianos por qué tu célibe y brillante carrera vale más que la reconstrucción de la aldea.
Había intentado replicar con su historial, con su alma de llanero solitario, con el hecho geológico de que él era incapaz de hacer feliz a una maceta, mucho menos a una criatura de la alta sociedad. Pero la Hokage lo había despachado con la precisión de un cirujano borracho: no le importaba su desastre emocional, solo quería la firma en el contrato.
Y ahora estaba allí, convertido en el centro de gravedad de una farsa política que no entendía y que, francamente, le importaba poco.
Un repentino silencio cortó el aire del salón cuando los cuatro portadores de túnicas carmesí depositaron el palanquín con una reverencia casi militar. Las cortinas de brocado se abrieron. No hubo fanfarrias estridentes ni fuegos artificiales; solo una figura esbelta que emergió con la ligereza de una sombra educada para no perturbar el polvo.
Umino Iruka.
Su prometido.
Kakashi parpadeó, y el ruido de fondo pareció evaporarse por un instante.
El omega era una acuarela de tonos tenues, colores que ciertamente le recordaba al otoño. El cabello castaño recogido en un pulcro moño del que escapaban un par de rebeldes mechones oscuros para enmarcar facciones suaves, delicadas, pero firmemente esculpidas, sus ojos almendrados le recordaban vagamente a esos atardeceres dorados, al café suave de las hojas otoñales al caer. Vestía un shiromuku inmaculado, el ropaje nupcial blanco que el protocolo exigía para simbolizar una docilidad prístina, convirtiéndolo visualmente en la estampa perfecta de la sumisión feudal.
Es más bajo que yo, notó Kakashi de inmediato, calculando mentalmente la distancia. Me llega por el pecho, con suerte.
El omega levantó el rostro por el margen exacto de un segundo —lo justo para cruzar una chispa de mirada con él— antes de volver a bajar los ojos con una modestia tan ensayada que rozaba lo coreográfico. Una sonrisa dócil y contenida floreció en sus labios.
Vaya, un omega de manual, pensó Kakashi, sintiendo que una invisible carga de plomo abandonaba sus hombros. De los que no te montan un escándalo en el barrio comercial. Lo instalaremos en una casa cómoda al fondo de la aldea, le pondré un par de gatos para que no se aburra, y yo seguiré saltando por los tejados como siempre. Tal vez hasta sepa freír un huevo.
La ceremonia transcurrió como un trámite espeso.
El sacerdote sintoísta salmodiaba oraciones en un tono monótono que estimulaba el letargo, mientras las copas de sake pasaban de mano en mano en tres rondas sucesivas, sellando el contrato invisible. El líquido quemaba al bajar, pero no conseguía disipar el frío mecánico de la situación.
Iruka cumplía con cada paso de la liturgia con una exactitud milimétrica. Cada inclinación de cabeza, cada sonrisa de cortesía hacia los invitados, cada sutil movimiento de las manos respondía a una educación esmerada para ser visto sin molestar. En el estrado, el Señor Feudal asentía satisfecho, evaluando el éxito de su maniobra con la fría satisfacción de un mercader cerrando un trato inmobiliario.
Cuando el sacerdote pronunció la fórmula final y declaró sellado el enlace, el salón estalló en aplausos y vítores.
Los nobles se dispersaron hacia las mesas de banquete, ignorando olímpicamente a los recién casados para ir a adular al verdadero poder de la sala. La música adoptó un matiz festivo y el ambiente se desentendió de ellos por completo.
Perfecto, evaluó Kakashi, exhalando despacio por la comisura de la máscara. Solo hay que aguantar el tipo un par de horas más y podré mandar a todo el mundo a a la mierda, esto es como una misión más.
De reojo, echó un vistazo a su flamante cónyuge.
Iruka seguía estático, las palmas juntas frente al vientre en una perfecta pose de inofensiva sumisión. Nadie los miraba; el alcohol corría y la nobleza estaba demasiado ocupada riéndose de chistes caros. Pero, justo ahí, Kakashi captó una disonancia.
Los dedos de Iruka se contrajeron.
Fue un espasmo mínimo, casi invisible: el pulgar friccionando con violencia contenida contra el índice, el nudillo blanqueándose por la presión. Un tic visceral que chocaba de bruces con la máscara de serenidad aristocrática.
Está al borde del colapso, dedujo Kakashi con una ceja alzada bajo la máscara. Normal. Lo sacaron de su burbuja de oro para encasquetárselo a un mercenario con historial psiquiátrico.
Y entonces, por una fracción de segundo, la sonrisa educada del omega se torció.
No fue una mueca de miedo. Fue un endurecimiento brutal en la línea de la mandíbula, un destello gélido y afilado en el fondo de aquellos ojos oscuros que exhalaba algo infinitamente más peligroso que la timidez: pura, concentrada animadversión.
El rictus desapareció al instante, tragado por la fachada dócil como si jamás hubiera existido.
Kakashi se quedó helado, parpadeando despacio.
El sake me está jugando una mala pasada, se repitió, sacudiendo levemente la cabeza mientras retomaba su fachada de aburrimiento institucional. O el exceso de ceremonia me está volviendo paranoico.
Volvió a mirar al frente, donde Tsunade le dedicaba una seña lejana con la copa en alto, diciéndole con los labios cerrados que no fuera a armar un escándalo. Kakashi suspiró, acariciando distraídamente el lomo del libro oculto en su bolsillo interior.
Bah. Da igual. Con tal de que no me toque limpiar la casa, que haga lo que quiera con sus micro-traumas.
A su lado, Iruka continuaba sonriendo con una suavidad de porcelana.
Pero sus dedos, imperceptibles para el resto del mundo, seguían temblando.
El pasillo lateral exhalaba un tufo a madera vieja, cera seca y un silencio tan espeso que parecía tener peso propio.
Kakashi se había escurrido fuera del salón principal con la coartada de buscar una bocanada de aire fresco, aunque en el fondo de su alma solo anhelaba huir temporalmente de la pirotecnia social: el desfile interminable de rostros con máscara de cortesía, las risas huecas de los nobles y el olor a sake que ya empezaba a impregnar las paredes. La brisa nocturna se colaba a través de los shōjis con finas rendijas, trayendo el murmullo amortiguado de la verbena que continuaba banqueteando a sus espaldas.
Iruka lo había seguido.
No supo determinar el momento exacto en que la sombra se le había pegado a los talones. Quizás fue el leve crujido de la seda al arrastrarse sobre el tatami, o el compás fantasmal de unas sandalias que sabían caminar sin eco; o ese aroma sutil a jazmín ligeramente amargo…
El omega olía a jazmín.
Mierda ¿eso era importante ahora? ¿Su aroma? ¿Durante la ceremonia si quiera había sentido el aroma el omega o lo ignoró? Ahora que lo piensa, por unos segundos en la fiesta sintió un aroma dulce, no empalagoso, un aroma dulce y elegante que cosquilleo agradablemente su nariz.
Bueno, eso ahora no importaba demasiado. El caso era que, de pronto, se hallaban atrapados en un recodo angosto, bañados por la luz titilante de un farol de papel que colgaba de una viga, y la distancia que los separaba era lo bastante reducida para que el olfato de Kakashi capturara el persistente rastro de incienso dulzón adherido al shiromuku del omega.
Bueno, pensó el peliplata, sintiendo que la buena educación reclamaba al menos un sacrificio verbal. Supongo que toca decir algo. Algo civilizado. Antes de que esta vela termine por consumirse y nos deje a oscuras con nuestras respectivas fobias.
Giró el torso hacia su flamante cónyuge, ajustándose de manera instintiva el borde de la máscara con dos dedos.
—Bueno, Iruka-kun —arrancó, intentando inyectar en el tono una despreocupación de la que carecía por completo—, supongo que oficialmente ya eres mío.
La frase cayó al suelo con la torpeza patinosa de un kunai mal equilibrado. Kakashi maldijo para sus adentros; él no estaba hecho para los preámbulos de salón, ni para los eufemismos de alcoba. Su repertorio se limitaba a dar órdenes en el campo de batalla o a esquivar reportes de los Anbu. Ante aquel omega que parecía moldeado en porcelana frágil, el único mecanismo de defensa que encontró fue el pragmatismo burocrático.
—No te preocupes por el cambio de aires —apresuró a añadir, buscando un terreno neutro.—. Te conseguiré una residencia en condiciones dentro de la aldea. Tranquila, discreta, con un perímetro seguro. No tendrás que lidiar con los chismes del barrio comercial.
Magnífico, se auto felicitó con amargura interna. Suena exactamente a discurso de reubicación de testigos. Casi paternal. Seguro que está levitando de la emoción.
El omega levantó el mentón.
Lo hizo con una lentitud exasperante, lo hizo con una lentitud que asustaba, como un depredador sopesando los ángulos de su salto. Y cuando sus pupilas oscuras chocaron con la ranura visible del ojo de Kakashi, el aire de la estancia pareció volverse denso, casi irrespirable.
La docilidad se había esfumado.
La timidez protocolaria había desaparecido sin dejar rastro.
En su lugar, asomó un brillo de pura fundición: acero puro.
El sistema nervioso de Kakashi experimentó una sacudida brutal, un reflejo atávico que le erizó el vello de la nuca y obligó a las glándulas de su instinto alfa a contraerse en un nudo frío en la boca del estómago. Sintió como su alfa interno pegaba las orejas a su cráneo como un cachorro asustado.
¿Qué demonios... ?
Iruka esbozó una sonrisa.
Ya no era la curva ensayada y dócil para el consumo de la alta sociedad; era una mueca lenta, afilada como un bisturí recién afilado que se niega a tocar los labios con suavidad. La expresión de alguien que había guardado un pergamino prohibido en el bolsillo durante demasiado tiempo y por fin tenía luz verde para romper los sellos.
—¿Una residencia segura? —repitió Iruka. La voz conservaba su cadencia tersa, pero el fondo sonaba a cristales rotos arrastrándose sobre el suelo de piedra—. ¿Discreta? ¿Un perímetro para que no me molesten los vecinos?
Kakashi parpadeó una vez. Dos. Su cerebro shinobi intentó calcular la distancia de huida.
—Sí... en el distrito residencial este. Hay buena iluminación, vistas despejadas hacia el monumento de los Hokage si te entretienen esas cosas, y un patio trasero amurallado. Puedes plantar bonsáis, o lo que te apetezca.
Flores. Le he ofrecido macetas y bonsáis a un desconocido que me mira como si quisiera arrancarme la yugular con los dientes. Estoy perdido.
Iruka dio un paso al frente.
Un único paso. Pero el impacto de la suela contra la madera resonó con la contundencia de un bloque de plomo cayendo sobre una plancha de acero.
—Hatake Kakashi —murmuró el omega, y aquel tono aterciopelado se despojó por fin de cualquier máscara para dejar al descubierto una hoja de afeitar dispuesta a cortar—. ¿Te has creído de verdad que he cruzado medio continente, que he aguantado la comedia patética de tu clan y que me he metido a presión en este maldito disfraz de bodas solo para que me aparques en un piso de soltero como si fuera un mueble viejo que estorba en el trastero?
Kakashi abrió ligeramente los labios tras la tela negra, procesando el impacto. Intentó articular algo.
—No era mi intención...
—Cierra la boca —siseó el omega.
Es bajito, recordó Kakashi de repente, con un parpadeo de desconcierto, un pie entero más bajo que yo.
Pero en aquel recodo diminuto, comprimido por el resplandor tembloroso del farol, Iruka parecía haberse estirado hasta alcanzar una estatura imposible. No era cuestión de centímetros, sino de gravedad; la presencia del omega se había desbordado, llenando el pasillo con la presión violenta de una bomba de papel a punto de detonar. Y su aroma, dios…su aroma. Los jazmines huelen dulces, empalagosos, elegantes. Ahora era agrio.
—Tú —masculló Iruka, alzando un dedo acusador que se clavó con precisión milimétrica en el centro del pecho de Kakashi—. Tú, que tuviste la desvergüenza de llegar tarde a tu propia ceremonia de presentación. Tú, que ni siquiera te dignaste a balbucear una disculpa cuando tu compañero —¿un tal Might Gai, si no recuerdo mal? — me destrozó el empeine con su bota en la recepción y casi me manda a rodar por las escaleras. Tú, que miraste a tus excompañeros del ANBU por encima del hombro, pavoneándote con esa sonrisita de superioridad infinita, como si el resto del mundo fuera fauna molesta y tú el ombligo del universo. Tú, que no has pronunciado mi nombre ni una sola vez en todo el maldito día.
Kakashi sintió que la tarima se le escapaba bajo las suelas. Las sandalias patinaron una fracción sobre el tatami mientras el instinto de supervivencia, ese que tantas veces les había salvado la vida frente a asesinos de rango S, le suplicaba que se pusiera en guardia. Pero no había kunais en el aire. Solo palabras. Una andanada de reproches escupida con la precisión quirúrgica de una letanía.
De entre los pliegues de su inmaculado shiromuku, con un gesto tan fluido que rozaba la puesta en escena teatral, el omega extrajo un pergamino doblado.
Un pliegue de papel.
Con tinta fresca.
Dios santo... tiene una lista, pensó el ninja, formando una mueca de puro espanto, mientras el pánico —un viejo conocido al que llevaba años ignorando— le rascaba la nuca. Una lista de mis pecados. Impresa, revisada y aprobada de antemano.
—Número uno —recitó Iruka, desdoblando el documento con la frialdad imperturbable de un auditor de la hacienda feudal—: Hiciste esperar al Señor Feudal veintitrés minutos. Veintitrés minutos en reloj oficial, Hatake. ¿Estabas haciendo inventario de tus calzoncillos de repuesto, o es que tu noción del tiempo pertenece a otra dimensión temporal?
—Yo estaba... —intentó excusarse el peliplata.
—No te he dado permiso para balbucear excusas. Aún no.
El dedo del omega descendió al siguiente renglón con la parsimonia de una condena a muerte.
—Número dos: Might Gai. Ese espécimen de cejas taurinas que parece incapaz de desplazarse sin hacer acrobacias innecesarias. Aterrizó con todo su peso sobre mi pie izquierdo. Sin inmutarse. Sin pedir perdón. Y tú, que estabas a dos palmos contemplando el techo con cara de aburrimiento, ni siquiera parpadeaste. ¿Tienes idea de lo que pesa una bota táctica de infantería, Kakashi? Te aseguro que tengo un mapa de hematomas en los dedos.
—Gai es... bueno, ya lo conoces ahora, es entusiasta por naturaleza...
—¿Y? —la voz de Iruka trepó medio tono, congelando el aire a su alrededor—. ¿Estar pasado de rosca exime a la gente de tener modales básicos? ¿O es que en su pequeña secta militar justifican la mala educación bajo la etiqueta de "es que su personalidad es intensa"?
Kakashi encogió los hombros. Literalmente. Los músculos de su espalda, habituados a cargar con el peso de la aldea y las reprimendas de la Hokage, se plegaron hacia adentro bajo el vendaval de aquel rapapolvo.
—Número tres —continuó el omega, sin concederle ni un segundo de tregua táctica—: La miradita a tus compañeros. Esa sonrisa de suficiencia ridícula. Con ese aire de "mírenme, soy el héroe retirado que les hace un favor respirando el mismo aire". No sé si te has detenido a pensarlo, Hatake, pero ir por la vida con esa jactancia solo demuestra que eres un cretino perezoso al que le da pereza fingir decencia.
—Fue una sonrisa de reconocimiento mutuo...
—Fue una sonrisa de "estoy por encima de este circo". —Iruka entornó los ojos, destilando una ferocidad que Kakashi juraría haber visto únicamente en los peores momentos del combate—. Y lo peor de todo, lo verdaderamente imperdonable, es que lo haces sin darte cuenta. Porque te crees el centro del mundo, el intocable Hatashi de la Hoja, mientras te pasas el día escondiendo novelas pornográficas en el bolsillo del haori.
El aludido sintió que el lomo naranja de su lectura prohibida, sepultado en las profundidades de su ropa, quemaba de repente como si fuera un sello explosivo a punto de estallar.
—Número cuatro —prosiguió Iruka, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro afilado, mortalmente elegante—: No me has llamado por mi nombre ni una sola vez en todo el santo día.
El alfa abrió la boca para rebatir, pero la volvió a cerrar de golpe. Tenía razón. Ni una sola vez.
—Soy tu esposo, Hatake. No "el omega". No "el heredero de relleno". No "el mueble que hay que arrinconar en el pasillo para que no moleste" —Iruka hizo una pausa dramática, y la sonrisa que torció sus labios adquirió el brillo gélido del hielo de invierno—. Tengo nombre. Y me gusta que se use para dirigirse a mí. ¿Ha quedado claro? O tal vez ¿debo hablar en idioma shinobi? Ya sabes con jutsus y movimientos de manos ¡PORQUÉ YO TAMBIÉN SÉ HACER JUTSUS, IDIOTA! El número cinco es mi favorita ¡¿Crees que no me di cuenta de tu libro porno?! ¿Es en serio Hatake?
Kakashi asintió con la docilidad hipnótica de un sonámbulo atrapado en un Tsukuyomi.
El omega dio otro paso al frente, acortando el escaso margen hasta que el calor de su cuerpo atravesó las capas de tela. Eran una miniatura el uno frente al otro, pero la energía que irradiaba Iruka envolvía el pasillo como un oleaje tempestuoso.
—Y esto es tan solo el prólogo —anunció, agitando ligeramente el pergamino que se extendía en una franja interminable hacia el suelo—. Tengo veintitrés puntos más detallados en la lista. ¿Quieres que los leamos aquí de pie, o prefieres que los archivemos para tus ratos de lectura nocturna? Porqué no lo sé ¡quizás tu cerebro de pez dorado no asimile tanta información!
Kakashi tragó saliva. El sonido de su propia garganta le pareció estruendoso en la estrechez del pasillo.
—Puedes... puedes resumir —logró articular, un hilillo de voz traicionando el temple que había mantenido contra enemigos de clase S.
—Qué generoso de tu parte.
Iruka retrocedió un paso. Solo uno. Pero aquel repliegue táctico fue más intimidante que cualquier carga frontal. Con una parsimonia exasperante, el omega comenzó a enrollar el pergamino, deslizando los dedos con la misma meticulosidad gélida con la que un estratega pliega los mapas de campaña antes de ordenar una masacre.
—Escúchame bien, Hatake Kakashi, porque no pienso repetirlo dos veces.
El registro cambió de golpe. La acidez punzante se desvaneció para dejar paso a una gravedad más honda, más pesada: el sedimento de una existencia entera moldeada bajo exigencias implacables, de alguien que llevaba demasiado tiempo conteniendo un océano tras una presa de seda y que, al fin, había decidido abrir las compuertas.
—Antes de que siquiera consideres la posibilidad de compartir el mismo lecho conmigo —sentenció la palabra «lecho» con el peso de una losa funeraria—, antes de que te atrevas a husmear en los márgenes de mi nido o a tantear el terreno desde fuera, vas a desfacer cada uno de los agravios de esta lista. Punto por punto. Con los ojos abiertos y la decencia de un adulto. Y después vas a demostrarme con hechos que no eres el payaso cínico y perezoso que intentas vender al mundo.
Kakashi sintió que la realidad se inclinaba peligrosamente bajo sus pies. Toda su idílica teoría de que aquel matrimonio sería una convivencia decorosa y silenciosa se desmoronaba con la velocidad de un castillo de naipes bajo un vendaval. Y ciertamente no le molestaba, de hecho le sorprendía e incluso emocionaba. Siempre habían visto a Kakashi como un arma, como un amigo, casi nunca como un igual, así que tal vez era masoquismo o algo más que sentía florecer en su pecho, como su chakra se entibiaba y una sonrisa lasciva se dibujaba en su rostro, curioso porqué más sorpresa había en ese omega de mirada desafiante.
Hacerlo enojar quizás sea divertido, como realmente peligroso.
—Vas a aprender quién diablos soy —continuó Iruka, bajando el volumen hasta convertirlo en una caricia cargada de estricnina. Y Kakashi sentía a su vez su sangre calentarse y sus neuronas apagarse, como si dejara de hacer sinapsis en aquel momento—. Vas a aprender a pronunciar mi nombre sin que te cueste la vida. Vas a aprender a sincronizar tu reloj con la decencia humana. Vas a aprender a dar la cara cuando tus amigos arrastren los pies por el fango. Y cuando, tras una labor titánica, consigas convencerme de que posees algo remotamente parecido a madera de esposo... entonces, y solo entonces, nos sentaremos a negociar si te mereces un rincón en mi nido.
Kakashi parpadeó una vez. Dos. Quedó suspendido en el vacío.
—¿Y... y si fallo en el intento?
Ni siquiera él sabía porque preguntaba eso. Ni siquiera sabía porque sentía tanta curiosidad a que olería el nido de Iruka, que habría, la tibieza y calor de aquel omega. Definitivamente era un masoquista que se encontraba perdido en la mirada de enojo de aquel omega, aquella sumisión tan falsa que dejo en la ceremonia para tener una mirada digna de un líder o quizás una bestia. Y si, eso era mucho más interesante.
Era un reto, y a Kakashi le gustaban mucho los retos.
Iruka esbozó una sonrisa. No fue una mueca cínica, sino un despliegue de perfección tan blanco, tan inocente y letal que el Hatake supo, con absoluta certeza, que estaba contemplando a la criatura más peligrosa de todo el continente elemental.
—En ese supuesto —respondió el omega, arqueando una ceja con una elegancia de estirpe imperial—, me convertirá en un viudo muy joven. Extremadamente rico. Y profundamente feliz.
El silencio cayó como un telón de hierro.
El ninja más letal de la Hoja, el hombre que había atravesado infiernos con las manos manchadas de ceniza y había sobrevivido a fantasmas y leyendas, se quedó completamente mudo. Huérfano de réplicas. Desarmado y sin el menor atisbo de escapatoria.
Iruka lo sostuvo con la mirada un latido más; luego, con un movimiento impecable y fluido, deslizó el pergamino dentro del kimono y recuperó al instante el semblante de porcelana dócil.
—La fiesta nos reclama, querido esposo —murmuró, adoptando el tono sumiso y cristalino exigido por el protocolo—. Sería de mala educación hacer esperar a los anfitriones.
Kakashi quedó paralizado, cual estatua de sal, con la mandíbula descolgada bajo la máscara y el corazón martillándole en las costillas como un ave salvaje encerrada en una jaula demasiado pequeña.
Y allá en lo más hondo de su pecho, en esa región clausurada del alma donde el hastío solía dictar sentencia, una chispa diminuta, insolente y caliente comenzó a propagarse sin freno.
Santa mierda, pensó, clavando los ojos en la mirada castaña del omega, esas pupilas dilatadas parecida a los gatos cuándo están por atacar. Me he casado con un demonio. Con un precioso, diminuto y despiadado demonio con veintiocho cargos pendientes en mi contra.
Una carcajada sorda, trémula de puro asombro histérico, se filtró a través de la tela de su máscara.
Estoy perdido.
—¿Me estás oyendo, Hatake? — Kakashi salió de su ensimismamiento, viendo como Iruka parecía aun mas enfadado con el ceño fruncido, realmente el omega imponía incluso más que cualquier enemigo del cual Kakashi se haya enfrentado.
El pasillo se había estrechado de golpe, o tal vez era el mundo entero el que se contraía alrededor de Kakashi, reduciéndose a las dimensiones exactas de un biombo de madera y a la figura menuda que tenía enfrente.
Iruka no dio un paso táctico ni alzó la voz; se limitó a cerrar el último tramo de distancia que los separaba, apoyando una mano —delicada, enfundada en la manga impecable del shiromuku— contra el panel de madera, justo al lado de la cabeza del peliplata.
Un acorralamiento tan simple, tan desprovisto de fuerza bruta, y sin embargo, el sistema de alerta del ninja más veterano de Konoha se disparó como si tuviera un cañón apuntándole a la sien.
La máscara negra, esa armadura de tela con la que había sobrevivido a guerras, traiciones y a la fría soledad de los ANBU, de repente no servía de nada. No protegía contra el peso de aquella mirada oscura. Las feromonas alfa que su cuerpo solía liberar instintivamente para marcar territorio —un mecanismo defensivo tan antiguo como su linaje— se arrugaron y se acobardaron en el fondo de su garganta, apagadas por el instinto primario y abrumador que dictaba otra cosa muy distinta: baja la guardia, aplácalo, haz que no te destruya.
Kakashi sintió la madera fría de la pared clavándosele en los omóplatos. Trató de buscar una salida mental, un chiste cínico, una pirueta verbal que lo sacara de apuros, pero su cerebro se había quedado completamente en blanco, reducido a cenizas por la humillación más dulce y aterradora que había conocido.
Iruka inclinó ligeramente la cabeza, evaluándolo con la paciencia helada de un juez que observa a un reo suplicar clemencia antes de la sentencia final. Su aroma a incienso y papel de arroz inundaba los sentidos de Kakashi, anulando cualquier rastro de orgullo militar.
— Te estoy hablando, esposo ¿Entonces? —murmuró el omega, con esa voz suave que pesaba más que mil toneladas de plomo—. ¿Qué hacemos con los veintiocho puntos restantes, Hatake? ¿Los revisamos ahora, o prefieres empezar a pagar la fianza desde este mismo instante?
El peliplata tragó saliva con esfuerzo, sintiendo el pulso martillándole en las sienes. Sus manos, habituadas a empujar el mango de un kunai o a teclear informes de misión con firmeza, colgaban ahora inertes a los costados, incapaces de sostener una sola defensa.
—S-Sí... —balbuceó, traicionado por un tartamudeo que jamás se habría permitido frente a un escuadrón enemigo—. Tienes razón... en todo.
Los ojos de Iruka se estrecharon un ápice, disfrutando del espectáculo.
—¿Perdón? No te he escuchado bien. El ruido de la fiesta interrumpe tu elocuencia.
Kakashi cerró los ojos un segundo, sepultando las últimas migajas de su dignidad de ex-líder ANBU, de shinobi de élite, de leyenda viviente. Era la primera vez en toda su existencia que se encontraba de rodillas —metafóricamente hablando, aunque contra la pared se sentía muy literal—, rindiéndose sin condiciones ante una criatura que le sacaba medio cuerpo de ventaja hacia abajo, pero que lo doblaba en categoría moral.
—Me disculparé —apresuró a prometer, con la voz rota por un pánico fascinado—. Por lo de Gai, por lo de mis compañeros, con el maldito Señor Feudal si hace falta. Haré todo lo que pidas. Lo que esté en la lista, lo que dicte el pergamino, lo que sea. Juro... juro que seré un esposo ejemplar. Lo juro.
El silencio que siguió a su rendición fue absoluto. Ni el eco de la música lejana se atrevía a cruzar aquel rincón.
Iruka lo contempló durante unos segundos interminables. La tensión en sus hombros se aflojó apenas un milímetro, sustituida por una satisfacción tan refinada que rozaba la crueldad artística. Finalmente, una sonrisa genuina —pequeña, peligrosa y deslumbrante— curvó sus labios.
—Más te vale, Hatake —susurró el omega, retirando la mano con lentitud exasperante—. Porque odio perder el tiempo.
Y sin añadir una sola palabra más, dio media vuelta y se alejó hacia el resplandor de la fiesta, dejando a Kakashi y a sus ruinas humeantes plantados en la penumbra del pasillo.
Eso habría sido el final, pensó el peliplata, aún con el eco del ultimátum resonándole en las sienes y la respiración entrecortada. Pero no lo es.
Porque Iruka, antes de desaparecer tras el marco de luz, había frenado su avance una fracción de segundo. No se giró. No pronunció palabra. Solo alzó la mano enguantada en un gesto mínimo, casi imperceptible, e hizo un ademán de llamada. Un movimiento seco, autoritario, que no admitía discusión. Ven.
Y Kakashi, el ninja más letal de la Hoja, el hombre que había desafiado a Akatsuki y sobrevivido al mismísimo infierno, obedeció como un cachorro amaestrado. Sus piernas se movieron solas, arrastrando la voluntad destrozada tras la estela blanca del shiromuku que se deslizaba hacia el salón.
Cruzaron el marco de la puerta corrediza.
Y la metamorfosis de Iruka fue instantánea.
Tan pronto como los rostros de los invitados se asomaron en su campo de visión, los hombros del omega se relajaron con la precisión de un engranaje ensayado mil veces. La ferocidad agria de su aroma retrocedió, sepultada bajo una ola de dulzura artificial y primorosa. Su rostro se despojó del rastro de acero y, en su lugar, floreció una sonrisa tímida, suave, de porcelana perfecta. La estampa viva de la docilidad conyugal.
Kakashi, aún con el pulso acelerado y la mente hecha jirones, se quedó completamente atónito.
Ahí residía la verdadera revelación, comprendió, observando a su diminuto esposo inclinarse con gracia para aceptar la felicitación de un anciano consejero feudal, luciendo tan inofensivo y hermoso como una flor de cerezo en primavera. Iruka no es meramente un omega temperamental o un heredero frustrado. Es un estratega consumado. Ha interpretado el papel de la sumisión durante toda su vida, encajando en el molde que el Señor Feudal y la alta sociedad exigían, fingiendo debilidad para conseguir exactamente lo que quería: esta alianza, este poder, este matrimonio. Y ahora que los hilos ya están atados, se permite mostrar su verdadera y afilada cara únicamente a puerta cerrada, mientras sostiene la fachada impecable ante el mundo exterior.
Una obra maestra de manipulación política ejecutada con la gracia de un fantasma.
En ese preciso instante, el escalofrío que recorrió la espalda del Hatake no tuvo nada que ver con el miedo. Fue otra cosa. Un golpe seco y directo en la boca del estómago, un fuego primario y denso que encendió sus instintos de alfa con una intensidad que no sentía desde sus años más salvajes en el frente de batalla.
Ya no sentía la tentación de huir. Lo único que habitaba en su mente, mientras contemplaba la nuca perfecta y la sonrisa fingida de su cónyuge, era un asombro embriagador.
Dios santo, pensó el ninja, sintiendo que la canela de su propio rastro alfa traicionaba su compostura con un matiz de interés febril. Me he casado con el ser más inteligente, peligroso y fascinante de todo el País del Fuego.
El trayecto de regreso al pabellón nupcial transcurrió bajo el manto de una madrugada silenciosa, apenas rota por el crujir de las tablas bajo sus sandalias y el murmullo lejano del viento meciendo los pinos del jardín exterior.
Kakashi caminaba unos pasos por detrás, observando la silueta impecable del shiromuku que arrastraba su blancura fantasmal sobre el pasillo oscuro. El aroma a jazmín que desprendía Iruka había vuelto a calmarse, adoptando esa suavidad etérea y protocolaria que engañaría al más pintado, pero el alfa ahora sabía exactamente qué clase de bestia se ocultaba bajo ese perfume de salón. Ya no lo veía como a un adorno frágil; cada pliegue de su ropa parecía guardar una daga invisible, y esa revelación, lejos de intimidarle, le encendía una electricidad extraña en la sangre.
Al llegar al fondo del ala privada del castillo, Iruka se detuvo frente a una puerta corrediza de papel grueso. Deslizó el pestillo con una fluidez silenciosa, se despojó de las pesadas capas exteriores con gestos precisos y, sin dirigirle una sola mirada al peliplata, cruzó el umbral.
El sonido del pestillo al deslizarse de nuevo dejó a Kakashi plantado en el pasillo, a oscuras, frente a una puerta cerrada que se erigía ahora como la muralla más impenetrable que jamás había tenido enfrente.
El nido, pensó el alfa, sintiendo que sus instintos se agolpaban contra la madera.
Aunque no podía verlo por dentro, sabía lo que había al otro lado. Los omegas de su rango y alcurnia construían santuarios privados durante los enlaces, espacios impregnados de su esencia donde el olor a jazmín se concentraba en estado puro, un refugio sagrado y vedado para cualquier alfa que no hubiera demostrado su valía. Y Iruka, con la eficiencia de un estratega metódico, ya se había instalado allí, blindando su espacio vital contra un esposo al que consideraba, con absoluta justicia, un desastre con patas.
Kakashi se acercó lentamente, con el sigilo adquirido en mil misiones de infiltración ANBU, y se detuvo a un palmo de la puerta de papel. Respiró hondo. El aroma a jazmín que se filtraba por las rendijas ya no olía a enfado ácido ni a sumisión fingida; era un rastro denso, profundo, embriagador, que le hablaba directamente al instinto más primitivo de su naturaleza alfa, exigiéndole entrar, reclamar, ceder.
—Buenas noches, Hatake-san —la voz de Iruka resonó al otro lado, clara, firme, sin rastro de temblor, atravesando el papel con la precisión de una flecha en el blanco—. Mañana empezaremos con las disculpas correspondientes. Y recuerda: ni se te ocurra intentar cruzar esta puerta sin mi permiso expreso. Y cuando creas que lo tienes, tendrás que ganártelo.
Un silencio espeso se adueñó del pasillo tras esas palabras.
Cualquier otro alfa en la posición de Kakashi —un veterano de guerra, un ex-capitán de fuerzas especiales, el ninja más temido de la Hoja— habría sentido una punzada de orgullo herido ante semejante humillación doméstica. Habría derribado la puerta, impuesto su jerarquía o exigido obediencia por decreto.
Pero Kakashi no sintió frustración. Lo que recorrió sus venas fue una sacudida de pura, incandescente motivación.
Por primera vez en su vida, su vida no giraba en torno a una misión de rango S, a un informe burocrático para la Hokage, a la sombra de los caídos o al vacío infinito de un apartamento solitario donde solo lo esperaban un cuenco de sopa fría y un libro prohibido. Su nuevo objetivo tenía nombre, ojos oscuros como el carbón, una lista de veintiocho cargos en su contra y la determinación de ponerlo en su sitio.
Ganarse a su esposo. Ganarse el acceso a ese nido prohibido. Derribar las murallas de seda y acero que Iruka había levantado a su alrededor, no por la fuerza bruta de su rango alfa, sino demostrando que era digno de estar a su altura.
Lentamente, Kakashi desvió la mano enguantada y la posó sobre el pecho, justo encima del bolsillo interior donde guardaba el pergamino con los agravios y, muy cerca, el lomo de su novela. Notó que el papel de la lista parecía pesarle en las costillas como si fuera una placa de hierro.
Meses, tal vez años, calculó mentalmente, evaluando la magnitud de la empresa. Va a ser un infierno burocrático y emocional. Un desafío en toda regla.
Una comisura de sus labios se curvó bajo la tela negra, dibujando una sonrisa genuina, afilada y hambrienta de reto.
Mejor así.
Sin intentar forzar la cerradura, sin replicar una sola palabra, el ninja retrocedió un paso en la penumbra del pasillo, con la certeza absoluta de que su vida acababa de volverse infinitamente más interesante.
