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Language:
Español
Series:
Part 1 of Haalimgham Destinados.
Stats:
Published:
2026-08-31
Updated:
2026-08-31
Words:
7,204
Chapters:
1/?
Comments:
1
Kudos:
12
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1
Hits:
204

Fuiste hecho para mi.

Summary:

Durante veintitrés años, el cuerpo de Jude Bellingham guardó silencio.
Primogénito de Inglaterra, criado entre coronas, expectativas y miradas que se volvieron más difíciles de ignorar con cada año, terminó aceptando que quizá algunas respuestas simplemente nunca llegarían.

Hasta que un viaje que debía durar apenas unas semanas cambia el rumbo de su vida y lo arrastra hasta un lugar que aprendió a temer desde niño, gobernado por un rey cuyo nombre rara vez se pronuncia, como un taboo.

Lejos de casa, rodeado de enemigos y de costumbres que no comprende, Jude comienza a descubrir que hay cosas que su familia nunca le contó.
Y algo antiguo comienza a despertar bajo su piel. Una necesidad que se vuelve más peligrosa cuanto más intenta combatirla.

 

Por que algunas jaulas están hechas de hierro.
Otras, de aquello que el cuerpo aprende a necesitar.

Y Jude todavía no sabe cuál será más difícil de romper.

Chapter 1: El primogénito de Inglaterra.

Notes:

Contexto importante:

-En esta historia, al nacer los niños todavía no poseen un género secundario definido.
-Entre los 10 y 13 años es que puede comenzar el crecimiento de sus colmillos. Su aparición indica que el niño se presentará como Alfa u Omega, aunque todavía no es posible determinar cuál será. Si los colmillos no han aparecido posteriormente a esa edad, el niño será Beta.
-La presentación es el momento en que finalmente se manifiesta el género secundario.
-La edad normal de presentación oscila entre los 15 y 20 años. No existen registros verídicos que confirmen una presentación posterior a esa edad.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

 

 

-Inglaterra: 23 años antes de la historia actual-

 

 

 

 

 

Cuando nació el primer hijo del rey de Inglaterra, hubo campanas.

No era extraño que las hubieran. El nacimiento de cualquier miembro de la familia real habría sido anunciado de la misma manera, pero aquel niño no era simplemente otro hijo de la corona. Era el primero.

El primogénito.

Las campanas comenzaron antes de que terminara la mañana y continuaron durante horas, extendiendo la noticia desde el castillo hacia las calles de la ciudad. En las cocinas se preparó más comida de la prevista, mensajeros salieron en distintas direcciones y, antes de que la reina hubiera tenido siquiera oportunidad de descansar, el nombre de su hijo ya viajaba hacia otros territorios.

Jude Victor William Bellingham.

Había nacido sano, con buenos pulmones y una facilidad sorprendente para protestar cada vez que alguien intentaba separarlo del calor de su madre.

Y durante aquellos primeros días eso había sido suficiente para sus padres.

La política podía esperar. Las leyes sucesorias también. Todavía faltaban años antes de que su cuerpo pudiera responder las preguntas que algún día serían importantes para Inglaterra.

Para el resto del reino, sin embargo, era imposible mirar al recién nacido sin imaginar lo que podría llegar a ser.

Jude creció rodeado por aquella expectativa mucho antes de ser capaz de reconocerla.

 

 

 

[...] 

 

 

 

Durante su infancia el castillo no era la sede de la corona inglesa ni el lugar desde el que su padre gobernaba un reino. Era simplemente su hogar: un edificio demasiado grande, lleno de corredores que parecían distintos durante la noche, escaleras que llevaban a habitaciones donde no tenía permitido entrar y adultos que siempre conseguían encontrarlo cuando él estaba convencido de haberse escondido perfectamente.

Aprendió pronto qué guardias eran más fáciles de convencer, cuáles de las mujeres de la cocina le darían algo dulce antes de la cena y qué corredores podía utilizar para evitar a sus tutores durante algunos minutos. También descubrió que ser hijo del rey no impedía que su madre lo regañara cuando regresaba cubierto de barro, aunque sí parecía provocar que otras personas tuvieran dificultades para hacerlo.

Su padre era distinto dentro y fuera de las habitaciones familiares. Jude tardó años en darse cuenta.

Para él era simplemente su padre: el hombre que a veces lo levantaba cuando era pequeño, que corregía su postura cuando comenzó a montar y que podía pasar horas ocupado en asuntos que Jude encontraba incomprensibles. Fuera de aquellos espacios, en cambio, las personas se apartaban cuando caminaba. Las conversaciones cambiaban. Los hombres inclinaban la cabeza.

Jude observó todo aquello sin saber que algún día se esperaba que él ocupara ese mismo lugar.

Su educación comenzó pronto.

Historia, lectura, leyes, territorios, idiomas. Más adelante llegaron la equitación y el entrenamiento físico (que Jude prefirió casi inmediatamente a cualquier lección que implicara permanecer sentado durante horas). Había algo mucho más satisfactorio en aprender a mantener el equilibrio sobre un caballo o conseguir por fin un movimiento con la espada de madera que en memorizar los nombres de hombres muertos hacía siglos.

Era competitivo incluso entonces. Perder conseguía ponerlo de mal humor durante horas. Su padre encontraba aquello divertido mientras Jude era pequeño.

Los instructores, bastante menos, por supuesto  .

 

 

 

[...]

 

 

 

Unos pocos años después, nació Jobe.

Jude tenía tres años cuando la noticia de que oficialmente ya era hermano mayor cayó en sus oídos junto con el fuerte llanto de un recién nacido.

Al principio no encontró nada especialmente interesante en un bebé que dormía demasiado, lloraba cuando quería algo y recibía una cantidad de atención que, hasta entonces, había pertenecido principalmente a él. Era solo un pequeño bultito molesto que parecía necesitar una mayor cantidad de personas alrededor de él.

Sin embargo, aquella opinión cambió cuando Jobe por fin aprendió a caminar.

Durante años fue prácticamente su sombra.

Lo seguía por los corredores, aparecía detrás de él en los jardines y protestaba cada vez que le decían que era demasiado pequeño para acompañarlo. Jude aprendió a mirar detrás de él antes de cerrar una puerta, porque existía una posibilidad considerable de encontrar a su hermanito intentando alcanzarlo.

Al principio aquello resultaba molesto.

Después dejó de imaginar sus días sin él.

Jude era quien subía primero al árbol y esperaba desde arriba mientras Jobe intentaba imitarlo. Quien recibía la reprimenda más fuerte cuando ambos hacían algo que no debían porque, según su madre, él era el mayor y debería saberlo. Quien encontraba a su hermano entrando en su habitación después de una pesadilla y levantaba las mantas sin hacer demasiadas preguntas.

Y al final se volvió tan normal amarlo como respirar. 

 

 

 

[...]

 

 

 

Con los años, Jobe dejó de necesitar que Jude hiciera las cosas primero.

Aprendió a montar, comenzó sus propios entrenamientos y creció lo suficiente para devolverle los empujones. Las discusiones aumentaron al mismo ritmo que desaparecía la diferencia física entre ambos, pero para Jude existía algo que nunca terminó de cambiar.

Jobe seguía siendo su hermanito.

Pero mientras ellos crecían, también lo hacía la atención puesta sobre Jude.

No era algo que percibiera todos los días. Estaba demasiado acostumbrado a aquella vida para analizar cada reverencia o cada conversación que su padre le permitía escuchar. Ser el primogénito era simplemente una realidad con la que había nacido.

 

 

 

[...]

 

 

 

Hasta que su cuerpo comenzó a cambiar. 

Debió de tener once años cuando empezó a quejarse de una molestia en las encías.

No fue especialmente dolorosa y durante varios días Jude no le prestó demasiada atención. Estaba creciendo por todas partes entonces. Había pegado uno de esos estirones incómodos que obligaban a ajustar constantemente su ropa, sus hombros empezaban a ensancharse por el entrenamiento y algunos de sus movimientos se habían vuelto torpes simplemente porque todavía no terminaba de acostumbrarse a unas piernas cada vez más largas. Sin embargo, con los días que pasaron, la molestia en su boca se volvía mucho mas imperiosa .

Hasta que su madre la vio. Los caninos estaban empezando a desarrollarse. Y entonces Jude entendió que aquello tal vez sí era algo importante.

Los niños nacían sin un segundo género presentado y durante la infancia tampoco podían percibir las feromonas de los adultos. Los primeros indicios solían aparecer años antes de una presentación completa. Entre ellos estaban los colmillos: cuando comenzaban a crecer, significaban que aquel niño acabaría siendo alfa u omega. No decían cuál. Pero sí eliminaban casi por completo una posibilidad de ser beta. O almenos eso le habían explicado los medicos del castillo. 

La noticia produjo una expectación que Jude, a esa edad, encontró un poco absurda. De pronto médicos, aunque no le dolía nada, querían verle los dientes. Su madre sonreía. Su padre parecía satisfecho y más de un hombre del Consejo consiguió encontrar alguna excusa para preguntarle cómo estaba creciendo el príncipe.

Los colmillos del primogénito habían aparecido y con ellos, probablemente, la expectativa de media Inglaterra. Jude entendió muy pronto qué esperaba la mayoría.

Alfa.

No porque los colmillos pudieran anunciarlo. Biológicamente, en aquel momento podía acabar siendo cualquier genero. Pero Jude era el hijo mayor del rey, estaba creciendo alto, se volvía fuerte con rapidez y poseía un carácter que pocas personas relacionaban con la idea que la corte tenía de un omega. Además, un omega no podía ocupar el trono inglés. Nadie necesitó decirle que sería alfa.

Se convirtió en una de esas ideas que se repetían tantas veces sin pronunciarse que acababan pareciendo ciertas.

Jude también terminó creyéndola.

Así que esperó.

 

 

 

[...]  

 

 

 

Al cumplir Doce años no presentó.

Pero no había motivo para preocuparse. La aparición de los colmillos no significaba que la presentación fuese inmediata; podían pasar varios años entre una cosa y la otra. Los médicos se lo habían explicado más de una vez: después del crecimiento de los caninos, el segundo género podía manifestarse en cualquier momento entre los quince y los veinte años. 

Y durante mucho tiempo, aquella explicación había sido convincente para todos. Mientras tanto, su educación comenzó a endurecerse casi sin que Jude lo notara. Más horas de entrenamiento, jornadas de estudio más largas y nuevas lecciones sobre estrategia, liderazgo y gobierno se sumaron a su rutina. 

 

 

 

[...] 

 

 

 

A los trece años no paso nada tampoco. 

No hubo cambios. No hubo mejoras. No hubo presentación.

Aun así, fue optimista. 

Aún es muy pronto, se dijo a sí mismo, repitiendo lo que los médicos les habían dicho a sus padres mientras uno de los sanadores de la corte le vendaba las manos, cubiertas de cortes nuevos sobre las heridas viejas causados por un entrenamiento que se había vuelto cada vez más exigente. Para entonces ya se había acostumbrado a levantarse antes del amanecer, alternar las armas con largas horas de estudio y la equitación, terminando algunos días demasiado cansado incluso para protestar. Su padre decía que un futuro rey debía estar preparado para gobernar antes de tener una corona.

Y Jude, todavía demasiado joven para cuestionar, se esforzaba por estar a la altura.

 

 

 

[...]

 

 

 

A los catorce empezó a prestar un poco más de atención a otros muchachos de su edad.

Algunos presentaban pronto y durante unos días se convertían en el centro de conversaciones que Jude fingía no escuchar demasiado. Después regresaban a su vida con algo nuevo y definitivo sobre sí mismos.

Jude esperaba su turno. No tenía prisa todavía. Aunque para entonces había comenzado a notar las miradas con cierto grado de expectación.  Como si todos aguardaran el momento en que el primogénito de Inglaterra finalmente confirmara. Su educación tampoco le permitía olvidarlo. Su maestro parecía encontrar cada vez más oportunidades para recordarle cómo debía comportarse.

Un futuro rey debía ser firme. Un hombre debía aprender a soportar el dolor. Un alfa debía saber dominar su temperamento.

Y Jude escuchaba, aprendía y se esforzaba por cumplir. Después de todo, la edad más habitual llegaría después.

Todavía tengo tiempo, se tranquilizo a sí mismo.

 

 

 

[...]

 

 

 

Fue precisamente alrededor de los quince cuando la espera dejó de ser completamente abstracta.

Jude tuvo una fiebre una noche y permaneció despierto durante horas, demasiado orgulloso para llamar a nadie, convencido de que quizá finalmente estaba ocurriendo. 

Pero por la mañana la fiebre había desaparecido. Y nada más había cambiado. No había feromonas propias. No percibía las de nadie. Su cuerpo seguía exactamente igual. Aquella fue probablemente la primera vez que sintió verdadera decepción. No duró demasiado. Porque apenas tenía quince. Él seguía entrando perfectamente dentro de lo esperado.

El primer médico llegó poco después, más por precaución que por alarma. Lo examinó, revisó sus colmillos y aseguró a sus padres que no veía nada preocupante. Muchos jóvenes presentaban a los dieciseis o dieciocho. Otros podían tardar todavía un poco más.

Había tiempo.

Y Jude aceptó aquella respuesta.

 

Lo que empezó a resultarle más difícil fue ignorar que los demás parecían estarlo vigilando las 24 horas. Durante las celebraciones de aquel cumpleaños comenzó a notar ciertas miradas que antes probablemente no habría sabido reconocer con claridad (o talvez simplemente se habían vuelto un poco mas descaradas). Nobles que observaban un segundo de más cuando sonreía y dejaba ver los colmillos. Hombres del Consejo que preguntaban por su salud con una curiosidad demasiado específica. Algún comentario aparentemente inocente acerca de cuánto había crecido y de lo fuerte que se estaba volviendo.

Nada que pudiera señalar y llamar cruel.

Todavía.

Pero Jude comenzó a entender que su presentación no era únicamente algo que él esperaba.

Había demasiadas personas esperando con él.

 

 

 

[...]

 

 

 

A los dieciséis le costó un poco más.

Su cuerpo seguía creciendo con normalidad en todos los demás sentidos. Era más alto, había ganado más fuerza y podía entrenar durante horas, pero aquello que todos llevaban años esperando seguía sin llegar.

Y fue también aquel año cuando los colmillos de su hermano menor comenzaron a crecer.

Un pequeño Jobe de Trece años corrió a buscar a Jude antes de enseñárselos a nadie más. Eran pequeños y apenas sobresalían, pero de todas formas los mostró con una sonrisa orgullosa.

—Voy a ser como tú.

Jude no pudo evitar sonreír y abrazarlo con entusiasmo para, un segundo después, empezar a revolver su cabello mientras su hermano pequeño se retorcía intentando escapar. Después se enteraron sus padres y, poco a poco, el resto de la familia. La aparición de los colmillos provocó cierto revuelo; después de todo, significaba que Jobe también se presentaría.  Era una buena noticia. 

Sin embargo, durante aquel año, su entrenamiento se volvió incluso mas pesado que antes, las ojeras bajo sus ojos y su mirada agotada eran la evidencia clara de ello.  Pero ni siquiera las noches de desvelo y esfuerzo extremo habían sido realmente el problema de ese año en particular. Jude también empezó a notar el cambio en las miradas dirigidas hacia él. Seguían siendo pesadas e incomodas, pero ahora parecían ser mas inquisitivas. 

Jude aprendió a fingir que no las veía.

 

 

 

[...]

 

 

 

A los diecisiete aparecieron más especialistas.

Algunos enviados por recomendación del Consejo, otros buscados por sus padres. Todos parecían tener una teoría ligeramente distinta y todos terminaban diciendo prácticamente lo mismo. "Todavía podía ocurrir". La mayoría de alfas y omegas presentaba entre la mitad de la adolescencia y los primeros años de la adultez. Diecisiete no era una edad preocupante por sí misma. Incluso alcanzar los Diecinueve sin presentar, aunque menos habitual, no significaba necesariamente que hubiera algo mal. Jude escuchó cada explicación con más atención de lo normal pese a que estaba seguro de que ya se las sabía de memoria. Y como siempre, se dejó examinar. Respondió las preguntas que empezaban a parecerle cada vez más invasivas y repetitivas.

Entonces un médico utilizó por primera vez la expresión "presentación retrasada".

Jude la odió inmediatamente, pero no dijo nada.

Y siguió esperando.

Las celebración tampoco fue tan fácil como las anteriores. Jude sonrió cuando correspondía, habló con quienes debía y soportó felicitaciones que en ocasiones terminaban acompañadas por alguna frase sobre el hombre en el que se convertiría algun dia. Sabía lo que muchos querían decir en realidad. A veces bastaba con que un noble dirigiera los ojos brevemente hacia sus colmillos para que Jude sintiera la necesidad absurda de cerrar la boca. Pero nunca lo hizo.

Le habría parecido una derrota.

 

 

 

[...]

 

 

 

Entonces de pronto empezó a ser más consciente de lo sofocado que se estaba sintiendo. La presión creció de una forma tan gradual que le costaba identificar cuándo había comenzado a afectarlo en realidad. Tal vez fue cuando empezó a notar que su padre preguntaba a los médicos después de creer que Jude había abandonado la habitación. O cuando comprendió que ciertos miembros del Consejo conocían detalles de sus revisiones que él nunca les había contado. Quizá fue simplemente la acumulación de cumpleaños. Cada año hacía que la pregunta pesara un poco más. Y con ella las miradas.

Jude continuaba convencido de que sería alfa.

Debía serlo.

Tenía que serlo.

No sabía exactamente cuándo aquella idea había dejado de ser una expectativa ajena para convertirse en una necesidad propia.

 

 

 

Entonces cumplió dieciocho.

Y Jobe, con quince, presentó.

Ocurrió con una facilidad que Jude recordaría durante mucho tiempo. Una fiebre repentina durante la noche, malestar, el médico entrando a su habitación y una serie de cambios que no dejaron demasiado espacio para dudas. Todo aquello que Jude había esperado durante años apareció en su hermano en cuestión de horas.

Alfa.

Jobe se había presentado como alfa y ni siquiera había pasado un mes desde que cumplió los quince. La noticia llegó hasta él cuando todavía no había terminado la mañana.

 

Jude sintió primero algo hundírsele en el estómago. Fue rápido. Sucio. Desagradable. Tan inmediato que ni siquiera tuvo tiempo de esconderlo de sí mismo.

¿Por qué él?

 

La pregunta existió apenas unos segundos. Después Jude sintió horror.

Jobe. Su Jobe.

Su hermanito, que durante años había dependido de él para prácticamente todo; el niño que lo perseguía por los corredores, que había dormido en su cama después de las tormentas y que todavía, aunque jamás lo reconocería delante de nadie, buscaba primero a Jude cuando algo realmente lo preocupaba.

La presentación de Jobe era algo bueno. Estaba sano. Había ocurrido a una edad completamente normal. Jude no debería haber sentido nada más que alivio.

Y en lugar de eso, durante unos segundos había sentido celos. Y esa certeza le revolvió el estómago mucho más que la propia noticia.

 

 

 

Cuando terminó su semana de aislamiento y cuidados médicos, Jude fue a verlo.

Jobe estaba agotado, todavía acalorado por la fiebre y con una expresión miserable que habría resultado graciosa en cualquier otra circunstancia. Jude se sentó junto a él, hizo alguna broma sobre su aspecto y consiguió que su hermano le dijera que se fuera al infierno antes de quedarse dormido pegado a su costado.

Jude permaneció allí. Simplemente porque necesitaba hacerlo. Observó durante un rato el rostro dormido de su hermano menor y sintió cómo la vergüenza iba desplazando poco a poco aquella primera reacción. No volvería a permitirla. Jobe no tenia la culpa de absolutamente nada. Ni siquiera le había hecho algo en primer lugar 

Pero algo había cambiado. No entre ellos. En el aire alrededor.

Nadie llegó y le dijo que Jobe automáticamente fuera a convertirse en rey. Habría sido absurdo hacerlo, y probablemente cruel. Jude tenía dieciocho años, no cincuenta, y todavía se encontraba dentro de una edad en la que una presentación tardía podía ocurrir. Aun así, Inglaterra tenía ahora dos príncipes... y solo uno de ellos era un alfa confirmado.

Aquello quedó flotando en el castillo como un secreto que nadie había acordado guardar.

Un secreto a voces.

Jude se recargo mas hacia Jobe y cerro los ojos. 

 

 

 

[...] 

 

 

 

Durante los meses siguientes, Jude empezó a notar los cambios en su hermano casi sin proponérselo. Los colmillos fueron lo primero; crecieron un poco más y terminaron dándole a su sonrisa un aspecto distinto - inequívocamente alfa. Después fue el resto de su cuerpo. Jobe ganó fuerza y resistencia con rapidez y siguió creciendo hasta que la diferencia de altura entre ambos se invirtió pese a que Jude era el mayor.

Su carácter también cambió un poco. Se volvió más irritable, especialmente después de entrenar o cuando estaba cansado, aunque con Jude seguía siendo el mismo hermano de siempre. Discutían, se empujaban y cinco minutos después Jobe estaba robándole algo del plato como si nada hubiera ocurrido. Las feromonas eran lo único que Jude no podía comprobar por sí mismo. Supo que las de Jobe resultaban agradables porque una tarde escuchó a dos chicas del castillo cuchicheando y riéndose después de que su hermano pasara junto a ellas. Poco después comenzaron a enseñarle a controlarlas. 

Era extraño observar cómo la presentación continuaba transformando físicamente a su hermano incluso meses después. 

 

Y entonces también hubo cambios en otras pequeñas cosas.

Su padre permitió que Jobe permaneciera durante algunas reuniones del Consejo. Nada extraordinario para un príncipe de quince años que debía comenzar a comprender cómo funcionaba el reino.

Uno de los consejeros empezó a enviarle lecturas adicionales. Perfectamente razonable.

Jobe recibió más lecciones sobre territorios, impuestos y relaciones con otras coronas. También razonable.

Cada una de aquellas cosas tenía una explicación tan lógica que Jude habría parecido un idiota si se molestaba por ellas. Y, sin embargo, las notaba. Odiaba notarlas.

Más todavía porque Jobe tampoco parecía especialmente cómodo con aquella atención.

 

 

En alguna ocasión aparecía en la habitación de Jude después de una reunión, dejaba caer un montón de documentos sobre la mesa y se quejaba durante diez minutos de hombres que podían discutir tres horas sobre el precio del trigo. Jude se reía. Le explicaba lo que no entendía. A veces incluso lo ayudaba.

Aquello hacía que los pequeños celos resultaran todavía más vergonzosos cuando aparecían. Nunca duraban demasiado. Eran pequeños destellos, casi siempre provocados por algo insignificante: su padre pidiendo la opinión de Jobe delante de un consejero, un documento que antes habría llegado únicamente a Jude, una mirada demasiado evaluadora de algún noble.

Después Jude miraba a su hermano y la sensación se deshacía bajo una culpa inmediata.

No era Jobe.

Nunca había sido Jobe.

Era la espera.

La maldita espera...

 

 

 

[...]

 

 

 

A los diecinueve, Jude seguía sin presentar.

Los médicos empezaron a utilizar un tono diferente. No alarmante, pero sí más cuidadoso. Diecinueve todavía podía ocurrir. Existían casos. No era lo más común, pero tampoco algo imposible.

La corte, sin embargo, parecía menos interesada en aquella diferencia. Jude empezó a sentir que determinados hombres ya no lo observaban esperando que ocurriera algo, sino preguntándose qué harían si nunca ocurría. Durante su cumpleaños hubo sonrisas, felicitaciones y brindis como siempre, pero también silencios demasiado precisos cuando atravesaba ciertos grupos.

Nadie se atrevía a preguntárselo directamente. No hacía falta. Jude empezaba a escuchar la pregunta incluso cuando nadie abría la boca.

 

"Aun"... si, aun podía soportar eso.

 

 

 

[...]

 

 

 

A los veinte, la certeza disminuyó.

Los especialistas dejaron de prometer fechas. Algunos hablaban de presentaciones excepcionalmente tardías y otros preferían decir que debían seguir observando. Pero Jude empezó a negarse a ciertas revisiones.

Estaba cansado.

Cansado de abrir la boca para que observaran los mismos colmillos. Cansado de responder si había sentido algún aroma que los betas no percibieran. Cansado de responder si había tenido cambios de temperatura. Cansado de decir si había sentido alguna reacción ante las feromonas de alfas u omegas-

Porque no. Siempre era no.

Para entonces las miradas ya no podían confundirse con simple curiosidad. Jude las encontraba durante reuniones, cenas y celebraciones. Algunos hombres todavía parecían esperar. Otros comenzaban a mirarlo con una cautela que le irritaba todavía más. Él seguía siendo el primogénito. Seguía sentado donde siempre se había sentado. Seguía cumpliendo exactamente con las mismas responsabilidades.

Pero ahora era plenamente consciente de cada segundo que los ojos de alguien permanecían sobre Jobe después de haber estado sobre él.

 

 

 

[...]

 

 

 

Y entonces, llego el cumpleaños que Jude llevaba meses fingiendo que no significaba nada.

Veintiuno.

La edad no constituía una frontera absoluta. Existían historias médicas de presentaciones posteriores, casos tan raros que podían convertirse en tema de estudio durante años. Sin pruebas. Sin fundamentos. Solo historias. Ese era precisamente el problema. A los veintiuno, Jude ya no era simplemente tardío.

Se habia convirtiendo en una anomalía.

Nadie mencionó aquello durante su cumpleaños. Su familia desayunó junta. Hubo regalos, visitas y demasiadas personas deseándole salud y larga vida. Jobe se burló de él por ser viejo. Jude le recordó que tres años no eran suficientes para salvarlo y amenazó con golpearlo si seguía hablando. Su madre rio. Su padre parecía de buen humor.

Después llegaron las festividades. Formaban parte de su cumpleaños desde hacía tantos años que Jude apenas recordaba la primera vez que había participado en ellas. Algunas nacían de antiguas costumbres de la corona; otras habían terminado incorporándose con el tiempo hasta convertirse en una especie de rito alrededor del cumpleaños de los hermanos. Había comida, música, pequeñas competencias y celebraciones que se extendían más allá de las murallas interiores. Jude había acudido desde niño. Aquella vez lo hizo acompañado por Jobe y varios de sus compañeros.

Declan y Gordon estuvieron con ellos durante buena parte de la noche, junto con otros hombres de la guardia y jóvenes que Jude conocía desde hacía años. Después de tantas semanas sintiendo que su cumpleaños se aproximaba como una amenaza, resultó sorprendentemente sencillo olvidarlo durante unas horas. Comió. Bebió. Se rio cuando Jobe hizo alguna estupidez. Vio competir a sus compañeros y terminó involucrándose más de una vez en discusiones que no tenían absolutamente nada que ver con médicos, presentaciones o coronas. Sus padres no acudieron a aquella parte de las celebraciones debido a una urgencia del consejo. Jude apenas los había visto desde que terminaron los compromisos formales del día.

Por unas horas consiguió ser simplemente Jude.

Y eso estuvo bien.

 

 

 

 

Para cuando regresaron al castillo era tarde.

Jobe todavía conservaba energía suficiente para continuar hablando con algunos de sus compañeros. Jude, en cambio, sentía el cansancio acumulado en las piernas y únicamente quería quitarse la ropa y dormir. Se separó del grupo en uno de los corredores para volver a su alcoba.

 

 

 

Entonces escuchó la voz de su padre. Procedía de una de las salas menores del Consejo. Jude disminuyó el paso frunciendo el seño. No esperaba encontrarlos allí. De hecho, había supuesto que sus padres se habían retirado hacía horas. 

Al pasar por ahí, vio que la puerta estaba entornada. Habría continuado caminando de no haber escuchado su nombre. Y entonces se detuvo. No se acercó deliberadamente, pero tampoco se marchó. 

La discusión llevaba suficiente tiempo como para que ninguno de ellos hablara ya con la cortesía habitual. Jude reconoció varias voces del Consejo. Alguien mencionó su edad. Otro recordó que habían esperado durante años. Se habló de médicos, de leyes sucesorias y de la imposibilidad de seguir tomando decisiones futuras bajo la esperanza de una presentación que podía no ocurrir jamás. Después alguien utilizó una palabra que Jude no había escuchado antes referida a él.

 

Incompleto.

 

Su padre respondió inmediatamente. Jude no distinguió cada palabra, pero sí el tono. Frío. Cortante. El mismo que utilizaba cuando alguien cruzaba una línea que no debía. Su madre intervino poco después, mucho menos contenida, recordándoles que estaban hablando de su hijo y del primogénito de Inglaterra, no de un problema que pudiera reducirse a una palabra. Aquello debería haberlo hecho sentir mejor.

 

No lo hizo.

 

Porque después de las defensas llegaron las leyes, y las leyes no necesitaban insultarlo. Un príncipe sin presentación podía continuar siendo príncipe. Podía representar a Inglaterra, negociar, administrar territorios y cumplir buena parte de las obligaciones que Jude llevaba años aprendiendo.

Pero la corona necesitaba certezas. Inglaterra necesitaba saber qué era el hombre que algún día pretendía ocupar el trono.

Y Jude no podía ofrecerles ninguna.

Uno de los consejeros mencionó entonces a Jobe. No hizo falta que propusiera nada abiertamente.  Simplemente recordó que la corona contaba ahora con otro hijo. Sano. Preparado. Y, sobre todo, Alfa

 

 

Jude se marchó antes de escuchar la respuesta de su padre. Caminó hasta su habitación sin recordar demasiado bien el trayecto. Djed, que estaba de guardia aquella noche, le dijo algo cuando lo vio llegar. Jude apenas lo oyó. Entró y cerró la puerta detrás de sí con el pestillo.

Durante unos minutos no ocurrió nada.

Se quitó la ropa más pesada de la celebración, dejó el cinturón sobre una silla y se lavó las manos. Todo con movimientos normales, casi automáticos. Tan tranquilos que habría resultado imposible adivinar que sentía algo apretándole el pecho desde que había abandonado aquel corredor.

Incompleto.

Jude apoyó ambas manos en el borde de la mesa. Respiró fuerte. 

No funcionó.

Intento convencerse, calmarse, había sido un buen día y-

Eso casi lo hizo sentir peor. 

 

Entonces levantó la cabeza y encontró su reflejo al otro lado de la habitación. El espejo era grande, enmarcado en madera oscura, un regalo que llevaba años allí. Jude se acercó hasta quedar frente a él. Vio su rostro, cansado y agotado. Demacrado. Con las ojeras oscuras y pesadas bajo sus ojos. Después se fijo en sus cicatrices. Paso la yema de sus dedos por cada una de ellas, con la respiración cada vez haciéndose mas pesada. No sabía cuánto tiempo llevaba mirándose cuando terminó fijándose en su boca. Entonces abrió ligeramente los labios y observo. 

Simplemente, observo. 

Los colmillos seguían allí. Pequeños. Definidos. Los mismos que habían despertado tanta emoción cuando comenzaron a crecer al inicio de su adolescencia.

 

 

Durante un instante volvió a tener doce años. Recordó a los médicos inclinándose para observarlos. La sonrisa de su madre. El rostro satisfecho de su padre. Los hombres del Consejo encontrando cualquier excusa para preguntar por él.

Habían sido una promesa. La promesa de que algún día cumpliría con todo lo que se esperaba de él, la promesa de que algún día sería el Alfa que todo el mundo necesitaba que fuera. 

Era el primogénito. El hijo mayor del rey.

Había crecido alto, fuerte, competitivo. Había aprendido a luchar antes de que algunas espadas dejaran de parecer demasiado grandes entre sus manos. Había estudiado leyes, territorios, alianzas y guerras porque algún día tendría que comprenderlas. Había llevado su cuerpo al limite para cumplir las expectativas. 

Y todo parecía conducir al mismo lugar.

Alfa. 

Tenía que ser Alfa.

 

 

 

Jude volvió a mirar sus colmillos. Ahora parecían una burla. Porque seguían demostrando que algo debía haber ocurrido. Pero eso era todo. No era el alfa que llevaba diez años esperando ser. No era beta, ... Ni siquiera se había presentado como omega.

Simplemente no era nada.

La crueldad del pensamiento le revolvió el estómago. Sabía que no era cierto. Una parte racional de él lo sabía incluso entonces, parecía gritárselo como un eco lejano. Seguía siendo hijo, hermano, príncipe; seguía siendo el mismo hombre que aquella mañana había discutido con Jobe por robarle comida del plato y que apenas unas horas atrás se había reído con él durante las festividades.

 

Pero aquella noche no consiguió sentirlo así.

Porque había escuchado cómo hablaban de él cuando creían que no estaba presente. Había escuchado lo que su madre había tenido que defender. Había escuchado a su padre recordarles quién era. Y lo peor era que, debajo de la crueldad y las palabras que jamás deberían haber utilizado, existía una verdad que ninguno de sus padres podía borrar.

La corona necesitaba un verdadero heredero.

Jude había crecido creyendo que sería él. Se lo habían prometido. Se lo habían exigido. Lo habían criado toda su vida para serlo. Lo habían condicionado desde su infancia para serlo. Soporto toda la presión asfixiante por que debía serlo. ¡Joder, se había matado cada maldito día para ser el mejor!

 

Y mientras su cuerpo permanecía detenido, el mundo había continuado avanzando. Sus padres envejecían. El Consejo hacía cálculos. Inglaterra necesitaba un futuro.

 

Y Jobe parecía serlo.

 

El pensamiento le produjo una punzada tan violenta que Jude cerró los ojos.

No.

Jobe no.

Durante un instante apareció el mismo sentimiento sucio que había conocido años atrás, cuando le habían anunciado que su hermano acababa de presentarse.

Entonces, inevitablemente, recordó al niño. Recordó la primera vez que había conseguido montar solo. Jude había permanecido cerca durante todo el recorrido fingiendo que no estaba preocupado y había sentido un orgullo absurdo cuando Jobe terminó sin caerse. Jobe festejaba extremadamente feliz. Jude también se había sentido feliz. 

Durante años había existido algo profundamente satisfactorio en ser la persona que su hermano buscaba primero.

¿Cómo podía mirar ahora a ese mismo niño y convertirlo en culpable de algo? Jobe no le había quitado nada. Ni siquiera existía nada realmente que quitar. La corona era quien había colocado aquella sombra entre ambos. Y Jude la odiaba por ello. 

 

Jude se odiaba por ello. 

 

Una presión dolorosa comenzó a crecerle detrás de los ojos. El dolor cabeza se hizo completamente insoportable a los segundos. Se llevó ambas manos al cabello y respiró profundamente, pero el aire pareció detenerse a mitad de camino. Su cuerpo temblaba con fuerza. 

 

Tenía que ser alfa.

 

Había hecho todo lo demás.

Había aprendido todo lo que le habían pedido.

Había soportado años de médicos.

Había llevado su cuerpo al limite. 

Había esperado.

Había tenido paciencia. 

 

Tenía que ser alfa.

 

—¿Qué más quieren de mí? —salió apenas de su garganta. Tan desgarrador que sintió que quemaba. 

La habitación permaneció en silencio. Con ojos rojos, Jude miró nuevamente al hombre del espejo.

Primogénito del rey. Decepción. 

Veintidós años. Tardío. 

Príncipe de Inglaterra...

 

Incompleto.

 

 

Algo dentro de él cedió. Su puño golpeó el espejo antes de que pudiera pensar en hacerlo. El cristal estalló. El sonido fue brutal dentro de la habitación silenciosa y durante un segundo Jude simplemente permaneció allí, respirando con dificultad, observando las grietas extenderse desde el lugar donde había golpeado.

Después volvió a hacerlo. Esta vez sintió el cristal abrirle la  carne de los nudillos. No le importó. Golpeó una tercera vez y una parte del espejo cayó sobre la mesa y el suelo. Su reflejo se multiplicó en fragmentos: un ojo aquí, parte de su boca allá, los malditos colmillos apareciendo entre dos grietas.

Jude lanzó un grito ahogado y arrancó el espejo de la pared como un desquiciado. La madera golpeó el suelo. Algo cayó detrás de él. No supo qué. Tampoco le importó. Años enteros de frustración parecieron encontrar una salida al mismo tiempo. Empujó la mesa con suficiente fuerza para volcar lo que había encima, lanzó una silla contra el muro, viendola destrozarse mientras intentaba respirar.

 

¡Tenía que ser yo!

Aquello sí salió como un grito. Jude ni siquiera reconoció su propia voz. 

 

La puerta, asegurada desde dentro, cedió de golpe por fin ante la fuerza de Djed. Entró con rapidez entre los restos de madera, con Harry justo detrás de él.

Jude apenas los registró. Tenía sangre bajándole por los dedos y pequeños fragmentos de cristal alrededor de las botas mientras seguía destrozando cosas de su alcoba. Sentía el pecho demasiado cerrado, el corazón golpeándole con tanta fuerza que comenzaba a marearse y una rabia desesperada le recorría el cuerpo sin encontrar dónde detenerse.

Djed intentó acercarse. Jude lo apartó. No con intención de hacerle daño. Ni siquiera sabía exactamente qué estaba haciendo. Solo necesitaba que nadie lo tocara.

Harry dijo algo.

Jude tampoco consiguió entenderlo. 

Volvió a empujar a Djed con fuerza cuando este trató de sujetarle los brazos y terminó forcejeando con ambos, no como lo hacía durante un entrenamiento sino de una manera torpe, desordenada, desesperada. Harry consiguió sujetarlo por detrás mientras Djed intentaba apartar los restos de cristal con el pie.

Jude se revolvió como un animal atrapado. Les gritó que lo soltaran. Después gritó algo sobre su padre. Sobre el Consejo. Sobre haber esperado diez malditos años. Las palabras comenzaron a perder sentido incluso para él.

Sus piernas terminaron cediendo. Harry consiguió acompañar su peso hasta el suelo antes de que se golpeara. Jude todavía forcejeaba entre ambos, con Harry intentando mantenerlo quieto mientras Djed, arrodillado frente a él, le sujetaba las muñecas ensangrentadas para impedir que volviera a lastimarse. 

Entonces hubo movimiento en el corredor.

Jobe.

Debía de haber escuchado el estruendo, talvez incluso había escuchado todo desde el principio. 

Su hermano menor intentó entrar inmediatamente. Unos guardias lo detuvieron. Jude ni siquiera sabia cuándo habían llegado tantos de ellos. Jobe protestó y trató de entrar nuevamente; los hombres se negaron de igual manera. La discusión exploto inmediatamente.

Jude apenas registro dos palabras que consiguieron atravesar el entumecimiento.

Seguridad.

Posible amenaza.

Jude levantó la vista aun en su forcejeo. Su hermano seguía discutiendo con los guardias, visiblemente furioso, intentando apartarlos. No parecía asustado de Jude. Ni siquiera estaba mirando los destrozos. Lo miraba únicamente a él.

El pecho de Jude volvió a cerrarse.  Aquello le dolió mucho más de lo que debería.

Intentó pronunciar su nombre.

No consiguió terminarlo.

El aire dejó de entrar correctamente y la habitación comenzó a estrecharse alrededor de él. Harry se agachó inmediatamente. Djed llamó a los médicos. Lo último que Jude recordó con claridad fue escuchar las voces de sus padres antes de quedar inconsciente. 

 

 

 

[...]

 

 

 

Cuando recuperó una conciencia más estable, estaba en una de las habitaciones destinadas a cuidados médicos. Le habían limpiado y vendado las manos. Tenía pequeños cortes en uno de los antebrazos y un dolor sordo en el hombro y las piernas, aunque sus manos se habían llevado la peor parte.

Los médicos hablaron de agotamiento, de años de tensión acumulada y de una crisis nerviosa agravada por la falta de sueño y la agitación. Jude dejó que hablaran. No quería escuchar otra explicación sobre su cuerpo.

Permaneció allí tres días. Su madre intentó verlo. Jude se negó. Su padre también. Volvió a negarse. Jobe fue el más insistente. Eso fue lo peor.

 

Jude sabía que su hermano no estaba enfadado. Había casi atacado a los guardias aquella noche hasta que Harry consiguió convencerlo de que dejara trabajar a los médicos y, según Djed, al día siguiente había regresado antes incluso del desayuno.

Jude tampoco permitió que entrara. No sabía cómo mirar a Jobe a la cara. Así que permaneció solo hasta que los médicos consideraran que podía regresar a su habitación.

 

 

Cuando finalmente salió, tres días después, el espejo roto ya había desaparecido. Jude no pidió otro. Durante los primeros días habló poco. Con su madre apenas lo necesario. Con su padre todavía menos. Y con Jobe no habló de aquella noche. 

 

 

Al día siguiente, Jude volvió a rechazar cuando harry le dijo que jobe habia ido a verlo. Pero entonces Jobe entro de todos modos y se sentó en una silla junto a su cama, no dio lugar a las quejas de Jude y solamente ordeno un simple come mientras le acercaba su desayuno. No tuvieron una conversación sobre los gritos, el espejo ni los guardias que habían impedido que entrara. Jobe pareció comprender que Jude no quería hacerlo. Así que hizo algo mucho más sencillo.

Lo trató como siempre. 

Casi. 

Los demás días Jude ni siquiera se enteraba que Jobe iría a verlo, su hermano menor simplemente empezó a dejar de preguntar. Entraba como si fuera su propia habitación, se dejaba caer en alguna silla y empezaba a hablar de cualquier cosa que hubiera ocurrido durante el día. A diferencia de su comportamiento usual, esta vez solía servir un poco mas de comida en el plato de Jude cuando creía que estaba distraído, y aparecía después de las reuniones para quejarse de algún consejero particularmente insoportable.

Su hermano menor fingía aveces cierta indiferencia hacia Jude. Como si nada alrededor de ellos fuera diferente. Pero Jude empezó a notar esos pequeños cambios con mas regularidad.

Jobe permanecía cerca un poco más de lo habitual. A veces levantaba la vista hacia él cuando creía que Jude no estaba mirando, como comprobando silenciosamente que todo siguiera bien. Si Jude se mostraba demasiado callado durante una comida, Jobe encontraba alguna estupidez que decirle hasta conseguir una respuesta. Y durante las semanas siguientes pareció adquirir la costumbre de buscarlo con más frecuencia, aunque siempre encontraba una excusa diferente para hacerlo. Nunca preguntaba si estaba bien. Quizá porque sabía que Jude habría respondido que sí aunque no fuera cierto.

Jude tampoco se lo señaló y le permitió quedarse.

 

 

 

[...] 

 

 

 

Las visitas médicas se hicieron menos frecuentes con el tiempo porque comenzó a rechazarlas. Las conversaciones sobre su presentación desaparecieron casi por completo de la mesa familiar y el Consejo aprendió a tratar el asunto con la misma discreción con la que se trataban las enfermedades de un rey o los problemas dentro de un matrimonio real: todos sabían que existía, pero nadie parecía dispuesto a ser quien lo mencionara primero.

Jude prefirió aquella clase de silencio. Era más fácil vivir dentro de él. Seguía siendo el primogénito de Inglaterra. Eso no había cambiado. Continuaba ocupando su lugar junto a su padre en actos importantes, recibía responsabilidades propias y participaba en asuntos diplomáticos cuando correspondía. Nadie había anunciado otro heredero ni existía una decisión formal que pudiera señalarse con el dedo.

Jobe, simplemente, estaba más preparado que antes. Y Jude entendía por qué. De forma sorpresiva y grata para si mismo, ya no dolía como lo hacia anteriormente.  Después de su catarsis de esa noche, algo se libero un poco dentro de su pecho, aunque aun no supo identificar claro que era. 

Pero sobre todo, Jobe aun seguía entrando a su habitación sin llamar. Seguía robándole algo de comida del plato de vez en cuando creía que su hermano mayor estaba distraído, otra veces solía dejarle más hasta que el plato de Jude estaba a rebozar. Seguía buscando su opinión después de determinadas reuniones aunque probablemente ya conociera la respuesta. Y, desde aquella ocasión, parecía vigilarlo de una manera que intentaba disimular muy mal. Nunca era suficiente para resultar asfixiante. Jobe no lo trataba como si fuera frágil ni le preguntaba constantemente cómo se sentía. Simplemente estaba. Un poco más cerca. Un poco más atento. Como si hubiera entendido que la mejor manera de cuidar de Jude era no obligarlo a admitir que necesitaba alguien en quien apoyarse.

Jude fingía no darse cuenta.

 

 

 

[...]

 

 

 

Una tarde terminaron sentados en el jardín con una botella entre ambos. No había sido planeado. Habían empezado hablando de cualquier cosa y, para cuando el sol comenzó a desaparecer detrás de los muros del castillo, Jude ya había bebido suficientes copas como para sentir la lengua un poco más suelta y el pecho extrañamente ligero.

En algún momento la conversación murió por sí sola. Jobe permanecía a su lado, recostado contra el banco, mirando hacia el jardín mientras hacía girar distraídamente la copa entre los dedos. Jude lo observó unos segundos. Habían pasado ya cuatro meses desde aquella noche y nunca habían hablado de ella. Jobe nunca se lo había pedido.

Tal vez por eso, con el valor prestado por el alcohol, Jude consiguió hacerlo.

—Lo siento.

Nada más.

Jobe dejó de mover la copa y volvió el rostro hacia él. Jude supo por su mirada que había entendido. No necesitó mencionar el espejo. Ni los gritos. Ni aquella horrible imagen de Djed y Harry intentando que no se volviera loco o los guardias impidiendo que Jobe se acercara porque creían que su propio hermano podía representar una amenaza.

Entonces Jobe dejó la copa a un lado y lo abrazó. Fue un abrazo fuerte, torpe por la posición y cargado de ese cariño que entre ellos casi siempre se expresaba mejor mediante empujones, insultos y comida robada.

—Lo sé. Yo también te quiero, hermano.

Jude no supo cuál de los dos empezó a llorar primero. Probablemente tampoco importaba. Fueron apenas unos minutos, pero Jude los sintió más liberadores que cualquier conversación que pudiera haber imaginado durante aquellos meses. Lloró contra el hombro de Jobe y sintió a su hermano hacer lo mismo contra el suyo, hasta que alguno de los dos soltó una risa ahogada al ver la cara del otro. Eso bastó para arruinar cualquier intento de mantener la solemnidad.

Pocos minutos después estaban riéndose de sus ojos hinchados y sus caras llorosas, todavía medio abrazados y ligeramente borrachos, antes de terminar discutiendo sobre la caída de Harry durante una batalla de exhibición en uno de los entrenamientos. Jobe comenzó a imitar la forma en que había caído y volvió a reírse, casi infantilmente, con la cabeza echada hacia atrás. Jude solo lo observó y confirmo que definitivamente continuaba queriéndolo con la misma facilidad de cuando aquel niño de piernas cortas intentaba alcanzarlo como si fuera su meta de vida.

Y lo entendió con claridad, la corona podía convertir muchas cosas en un problema. Jude se negaría a muerte a permitir que convertiría a su hermano en uno. 

Lo que sí había cambiado era su relación con su propio cuerpo.

Había dejado de esperarlo.

O eso se decía.

Los colmillos continuaban allí, pero Jude había aprendido a no mirarlos demasiado. Una noche de calor era simplemente una noche de calor. Una fiebre era una fiebre. El mal humor era suyo y no el comienzo de alguna transformación largamente retrasada.

Entendió que a los veintiun años había conseguido construir una vida alrededor de aquella ausencia.

No era la vida que todos habían imaginado cuando las campanas anunciaron su nacimiento.

Pero seguía siendo  suya.

 

Y por el momento, Jude había decidido que eso era más que suficiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notes:

¡Hola! Esta es la primera historia que comparto en AO3 y también mi primera vez escribiendo una historia con este tipo de temática, así que les pido un poco de paciencia conmigo y con cualquier detalle que pueda ir mejorando conforme avance.

De igual manera compartirles que después de leer varios fanfics Omegaverse en los que la aparición de los colmillos ocurría años antes de la presentación me atrapo. Me encantó ese concepto. Igual estoy enamorada del concepto donde Jude suele presentarse mas tarde que el resto, así que decidí hacerlo como base fundamental aquí (lo lamento por mi bebe Bellimgham).
También confesar que muchos conceptos e ideas de este Fic los tenia ideados desde hace mucho tiempo para una historia Aonunete (que nunca vio la luz del sol jaja) así que quise al menos aprovecharlas y que ayudaran a dar forma a este proyecto.

Espero que disfruten la historia tanto como yo estoy disfrutando escribirla. Espero leernos pronto 💕

PD: Me hace muy feliz el concepto de que Jobe sea el Alfa hermano menor protector y quise plasmarlo como un salvavidas para Jude al comienzo de su historia.

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